
Cada persona que vemos por la calle puede estar atravesando momentos de tribulación y retos que generan sufrimiento. Por eso, elegir la amabilidad como forma básica de interacción es una actitud inteligente para navegar con éxito en el entramado social. De hecho, las enseñanzas espirituales explican que, hasta alcanzar el estado de pacífica cesación mental —el Nirvana—, todos cargamos en algún grado con malestar.
Provengo de una cultura donde la apertura amistosa es común, pero donde a menudo faltan valores como el respeto, la cordialidad y el compañerismo. Cuando se olvida la dignidad consustancial de nuestra condición humana, surge la impertinencia y el desacierto emocional. Sin embargo, si mantenemos presente la vulnerabilidad inherente de la naturaleza humana, la gentileza hacia nuestros semejantes brota de manera natural desde la esencia de igualdad.
Al mismo tiempo, también es cierto que la cortesía sin calidez ni simpatía fraternal puede convertirse en una rígida formalidad vacía.
Curiosamente, he encontrado auténtica calidez humana en personas sin hogar, más que en algunos miembros del engranaje social. Pese al estigma que sufren, descubrí que algunos poseen una mente de percepción profunda; incluso conocí a uno que escribía libros de filosofía. Haber servido comida cada día durante varios años, tanto en la calle como en la Iglesia del estimado Padre Ángel, ha sido una experiencia vital que transformó mi percepción de la realidad.
Un pequeño gesto de bondad puede parecer insignificante para quien lo ofrece, pero para quien lo recibe en un momento difícil puede significar un cambio sustancial en su vida. Nunca debemos subestimar el enorme poder, a veces oculto, de la amabilidad.
Koken