
El viento helado y la calidez interior
En las mañanas de estos días sopla un viento helado, pero trato de mantener el corazón cálido. En el camino me cruzo con un niño ciego; deseo que esté libre de sufrimiento y, sin proponérselo, me recuerda lo afortunados que somos al tener nuestras facultades intactas.
Encuentro en un puesto de soba
Me detengo en un puesto de fideos y el anciano que prepara la soba tradicional muestra una bondad y humildad cultivadas durante toda una vida. Sus ojos irradian pureza y, aunque tanta reverencia me hace sentir un poco mareado, inevitablemente inclinamos la cabeza con gratitud mutua. Mi corazón se siente más cálido.

La noche y la meditación
Al caer la noche, tras toda la actividad, lo más fácil sería dejar el cuerpo descansar en el futón. Sin embargo, recuerdo que podría despertar con una capa de ignorancia y elevo una oración para continuar meditando en el amor y el vacío mientras el cuerpo se recupera.
Entre el sueño y la claridad
Tres, cuatro, quizá cinco horas… no parece un sueño común. El cuerpo se relaja entre el mundo habitual y una amplia y luminosa claridad blanca, desde la cual se expande el calor y los recuerdos se disuelven en la conciencia.

Frente al Buda Vairocana
Suena el despertador y, con mayor fluidez y naturalidad, me presento ante el Buda Vairocana. Tomo refugio en las Tres Joyas, orando para que en el nuevo día pueda acercarme al Despertar por el beneficio de todos los seres. Es momento de estirar el cuerpo y desplegar las velas ⛵️.